El Hombre del Mismo Rostro

Parte 1: El Hombre del Mismo Rostro
El centro comercial Gran Plaza Carter era uno de los más exclusivos de la ciudad. Sus enormes tragaluces dejaban entrar la luz de la tarde, que se reflejaba sobre los suelos de mármol pulido y los escaparates de las tiendas de lujo. Familias enteras paseaban entre cafeterías elegantes y boutiques, mientras los niños corrían emocionados hacia la enorme juguetería situada en el corazón del edificio. Aquella tarde parecía igual a cualquier otra. Nadie imaginaba que, en apenas unos minutos, una decisión cambiaría la vida de varias personas para siempre.
Ethan Brooks llevaba casi cuatro años trabajando en aquella tienda de juguetes. Tenía veintiséis años y nunca había soñado con vender trenes eléctricos ni muñecos de colección. Su verdadero sueño había sido estudiar ingeniería mecánica, pero la enfermedad de su madre lo había obligado a abandonar la universidad para trabajar a tiempo completo. Desde entonces aceptaba cada turno adicional sin quejarse. Todos los compañeros lo conocían por su paciencia con los niños y por la tranquilidad con la que resolvía cualquier problema.
Aquella tarde ordenaba una montaña de cajas junto a la zona de exhibición del famoso tren en miniatura que recorría un circuito elevado para que los visitantes pudieran hacerse fotografías. El sistema estaba protegido por sensores y funcionaba a una velocidad muy baja para evitar accidentes. Ethan revisaba el inventario mientras escuchaba el murmullo constante del centro comercial, las risas infantiles y el sonido mecánico del pequeño tren deslizándose por los rieles.
A pocos metros de allí, Noah Carter, un niño de ocho años, observaba fascinado el recorrido del tren. Llevaba un jersey gris y unos pantalones oscuros. Había insistido durante varios minutos en que quería una fotografía junto a la locomotora. Su madre, Victoria Carter, había entrado unos instantes en una joyería cercana para responder una llamada importante y le pidió que esperara junto a la exhibición sin alejarse.
Noah obedeció... o al menos eso creyó.
Mientras observaba la locomotora acercarse lentamente, una voz masculina sonó a su espalda.
—Ven, pequeño. Si te colocas justo sobre las vías, parecerá que conduces el tren. Tu mamá estará encantada con la foto.
El niño dudó apenas un segundo.
El hombre vestía exactamente el mismo uniforme que Ethan: polo blanco, delantal azul marino y la insignia de la tienda. Parecía un empleado más. Sonreía con tranquilidad y señalaba el punto exacto donde debía colocarse.
Noah avanzó unos pasos.
No vio cómo aquel hombre se inclinaba discretamente hacia el panel de control oculto tras una columna decorativa.

Un dedo giró violentamente un selector oculto.
La luz verde del panel cambió a rojo durante apenas una fracción de segundo.
Entonces ocurrió.
El pequeño tren salió disparado.
No aceleró de forma gradual.
Simplemente explotó hacia adelante como si alguien hubiera eliminado todos los límites de seguridad.
El motor emitió un rugido metálico completamente distinto al habitual.
Las ruedas chirriaron sobre los rieles.
Los clientes levantaron la cabeza al mismo tiempo.
Una mujer gritó.
Un padre empujó a sus hijos hacia atrás.
Noah permaneció inmóvil sobre la vía.
Su cerebro no comprendía por qué el tren avanzaba tan deprisa.
Solo alcanzó a gritar:
—¡Mamá!
Ethan dejó caer inmediatamente la caja que llevaba entre las manos.
Ni siquiera pensó.
Corrió.
Todo ocurrió en menos de dos segundos.
Atravesó la zona de exposición esquivando a varios clientes, golpeó con el hombro un expositor de juguetes y se lanzó sobre Noah justo cuando la locomotora estaba a menos de dos metros.
—¡Cuidado!
Sujetó al niño por la cintura y ambos rodaron fuera de la vía.
La locomotora pasó donde Noah había estado apenas un instante antes.
Continuó avanzando sin control.
Atravesó el final del recorrido.
Destrozó la barrera de seguridad.
Pedazos de plástico transparente salieron despedidos por el aire.
El estruendo hizo temblar toda la tienda.
Durante unos segundos nadie habló.
Solo se escuchaba la respiración agitada de Ethan y el llanto desesperado de Noah, abrazado con fuerza a él.
El niño temblaba de pies a cabeza.
—Ya pasó... ya pasó... estás a salvo —susurró Ethan mientras intentaba tranquilizarlo.
Pero la calma duró muy poco.
Un hombre elegante con un traje negro apareció entre la multitud.
Era el gerente de la tienda.
Ni siquiera miró al niño.
Sus ojos fueron directamente hacia el tren destruido y el sistema de exhibición completamente destrozado.
Su rostro se llenó de furia.
—¡¿Qué has hecho?!
Ethan todavía seguía arrodillado junto a Noah.
—¡El tren perdió el control! ¡Iba directo hacia él!
El gerente apenas escuchó.
Caminó hasta Ethan y señaló los restos del circuito.
—¡Ese sistema cuesta cientos de miles de euros!
—¡Podía haber muerto un niño!
—¡Has destruido toda la exhibición!
Los clientes comenzaron a murmurar.
Algunos grababan con sus teléfonos.
Otros observaban incrédulos al gerente, incapaz de mirar siquiera al pequeño que aún lloraba abrazado a Ethan.
El gerente dio un paso más.
Sujetó la placa identificativa de Ethan.
La arrancó violentamente de su uniforme.
—¡Estás despedido! ¡Fuera de mi tienda ahora mismo!
El silencio fue absoluto.
Ethan bajó la vista hacia la insignia arrancada.
Después volvió a mirar al niño.
No dudó.
—Lo volvería a hacer.
Aquellas cuatro palabras dejaron sin reacción incluso a varios clientes.
No había rabia en su voz.
Solo una serenidad absoluta.
Porque sabía que, si hubiera vuelto atrás unos segundos, habría tomado exactamente la misma decisión.
Noah seguía aferrado a su brazo.
No quería soltarlo.
Entonces una mujer atravesó la multitud corriendo.
Su elegante traje beige contrastaba con el caos que la rodeaba.
Victoria Carter cayó de rodillas junto a su hijo.
—¡Noah!
Lo abrazó con tanta fuerza que el niño rompió a llorar aún más fuerte.
—Mamá...
Victoria examinó rápidamente su cuerpo buscando heridas.
Solo encontró algunos rasguños y mucho miedo.
Respiró por primera vez desde que había llegado.
Después levantó la vista hacia Ethan.
—¿Usted... le salvó la vida?
Ethan asintió con discreción.
—Solo hice lo que cualquiera habría hecho.
Pero Victoria no respondió.
Había algo extraño.
Demasiado extraño.
Se levantó lentamente y caminó hacia el panel de control del tren.
No era una mujer que aceptara las explicaciones fáciles.
Durante años había dirigido proyectos tecnológicos y conocía perfectamente cómo funcionaban los sistemas automáticos.
Aquella aceleración no era un fallo normal.
Abrió la cubierta metálica del panel.
Todos observaron.
El selector de velocidad estaba completamente desplazado hasta el límite máximo.
No era posible llegar allí por accidente.
Alguien lo había forzado manualmente.
Victoria frunció el ceño.
Introdujo la mano para revisar el interior del compartimento.
Entonces encontró algo inesperado.
Un folleto doblado de la propia tienda.
Parecía viejo.
Lo desplegó lentamente.
En el reverso había un dibujo infantil realizado con lápices de colores.
Representaba exactamente la escena que acababa de ocurrir.
Un hombre colocaba a Noah sobre la vía del tren.
Y ese hombre...
Tenía exactamente el mismo rostro que Ethan Brooks.
Victoria sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Giró lentamente hacia Ethan.
Él también observó el dibujo.
Su rostro perdió todo el color.
—Noah... —preguntó Victoria con la voz apenas audible—. ¿Fue él?
Todos los clientes giraron al mismo tiempo hacia Ethan.
Los guardias de seguridad comenzaron a acercarse.
El gerente sonrió por primera vez desde el accidente.
Creía haber encontrado al culpable.
Ethan permaneció inmóvil.
No entendía absolutamente nada.
Nunca había visto aquel dibujo.
Nunca había visto aquel folleto.
Nunca había hablado con Noah antes de salvarle.
El niño levantó lentamente la cabeza.
Miró el dibujo.
Después miró a Ethan.
Finalmente negó con fuerza entre lágrimas.
—No...
Todos contuvieron la respiración.
—Fue... el otro.
Nadie entendió.
Victoria frunció el ceño.
—¿Qué otro?
Noah levantó lentamente el brazo tembloroso.
Señaló hacia la enorme pared de espejos situada detrás de la exhibición destruida.
Todas las miradas siguieron la dirección de su dedo.
En el reflejo apareció un hombre completamente inmóvil.
Vestía el mismo polo blanco.
El mismo delantal azul marino.
La misma estatura.
El mismo rostro.
Era idéntico a Ethan Brooks.
El silencio se volvió insoportable.
Nadie se atrevía a respirar.
Entonces los altavoces de la juguetería emitieron un leve chasquido.
Una voz masculina, distorsionada por la interferencia, resonó suavemente por todo el pasillo.
—Siempre llegas un poco tarde... hermano.
Ethan sintió que el mundo entero se detenía.
Observó cómo aquel hombre idéntico a él sonreía apenas un instante.
Después retrocedió lentamente hacia la puerta del almacén.
Las luces comenzaron a parpadear.
Y justo antes de que alguien pudiera reaccionar...
Desapareció.
Parte 2: El Dibujo que Nadie Podía Explicar
Durante varios segundos nadie se movió. Los clientes permanecían inmóviles mirando alternativamente a Ethan, al dibujo que Victoria sostenía entre las manos y a la puerta del almacén por donde aquella figura idéntica acababa de desaparecer. El gerente fue el primero en romper el silencio.
—¡No dejen que escape! —gritó señalando a Ethan—. ¡Ha estado engañándonos todo este tiempo!
Dos guardias de seguridad avanzaron instintivamente hacia Ethan. Él levantó lentamente las manos, completamente desconcertado.
—No sé quién era ese hombre. Se lo juro.
Pero sus palabras apenas encontraron eco. El parecido era absoluto. Mismo rostro, misma estatura, mismo uniforme. Incluso el corte de pelo parecía idéntico. Era como si alguien hubiera colocado un espejo viviente frente a él.
Victoria seguía observando el dibujo. Cuanto más lo miraba, más detalles encontraba. El niño que aparecía sobre las vías llevaba exactamente el mismo jersey gris que Noah vestía esa tarde. El panel de control estaba dibujado abierto. Y el hombre idéntico a Ethan aparecía empujando suavemente al niño hacia el centro de la vía mientras sonreía.
No era un garabato cualquiera.
Era una escena demasiado precisa.
Se agachó frente a Noah.
—Cariño... míralo otra vez con calma. ¿Estás completamente seguro de que no fue Ethan?
Noah respiraba con dificultad. Todavía tenía el rostro cubierto de lágrimas.
—No...
—¿Entonces quién era?
El niño cerró los ojos durante unos segundos, intentando recordar.
—Pensé que era él... porque eran iguales...
La multitud volvió a murmurar.
—Pero...
Noah señaló otra vez el dibujo.
—El otro tenía una cicatriz aquí.
Llevó un dedo hasta su propia ceja izquierda.
Todos giraron inmediatamente hacia Ethan.
Su rostro estaba completamente limpio.
Sin ninguna cicatriz.
Victoria levantó la mirada.
Aquel pequeño detalle cambiaba por completo la situación.
—Revisen las cámaras —ordenó con firmeza.
El gerente soltó una risa nerviosa.
—Las cámaras demostrarán que este empleado es responsable.
—Precisamente por eso quiero verlas.
Minutos después, el jefe de seguridad llegó con una tableta conectada al sistema de vigilancia del centro comercial. Varias personas rodearon la pantalla mientras comenzaban a revisar las grabaciones.
La primera cámara mostraba la entrada de la juguetería.
Se veía claramente a Ethan descargando cajas desde el almacén.
La hora coincidía exactamente con el momento en que Noah llegaba acompañado de su madre.
Todo parecía normal.
La siguiente cámara enfocaba la zona del tren.
Victoria pidió avanzar unos minutos.
Entonces apareció Noah.
Esperando tranquilamente junto a la exhibición.
Un segundo después, una figura con uniforme blanco entró en el encuadre.
La imagen era lejana.
El rostro apenas podía distinguirse.
Pero el uniforme era idéntico.
El supuesto empleado habló unos segundos con Noah.
El niño sonrió y caminó hacia las vías.
Después la figura desapareció detrás de una columna donde estaba oculto el panel de control.
Justo en ese instante...
La imagen se cubrió de interferencias.
Toda la pantalla comenzó a llenarse de líneas grises.
El vídeo se congeló exactamente durante cuatro segundos.
Cuando volvió la señal...
El tren ya estaba acelerando.
Y Ethan aparecía corriendo desde el otro extremo de la tienda.
Un silencio pesado cayó sobre todos.
El jefe de seguridad frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—¿Qué ocurre? —preguntó Victoria.
—Las cámaras nunca fallan solo en una zona concreta.
El gerente cruzó los brazos.
—Será un problema técnico.
Pero el jefe de seguridad negó lentamente.
—No.
Amplió la imagen cuadro por cuadro.
Al hacerlo apareció un pequeño icono rojo en una esquina.
Alguien había accedido al sistema de cámaras exactamente un minuto antes del accidente.
No había sido una avería.
Habían manipulado la grabación.
Victoria sintió un escalofrío.
Aquello había sido preparado.
No era un accidente.
Era una trampa.
Y alguien había querido que Ethan pareciera culpable.
Mientras todos seguían observando las imágenes, Ethan permanecía inmóvil intentando ordenar sus pensamientos.
Entonces recordó algo.
Algo insignificante que, hasta ese momento, había pasado completamente desapercibido.
Aquella misma mañana, cuando llegó a trabajar, encontró abierta la taquilla donde guardaba su uniforme.
Pensó que algún compañero la había utilizado por error.
Incluso recordó haber comentado en voz alta que su polo parecía recién planchado, aunque él estaba seguro de no haberlo dejado así la noche anterior.
De repente sintió un vacío en el estómago.
Alguien había tenido acceso a su ropa.
Alguien podía haber copiado exactamente su uniforme.
—Hay algo más... —dijo en voz baja.
Todos lo miraron.
—Esta mañana alguien abrió mi taquilla.
El gerente respondió inmediatamente.
—Eso demuestra que intentas inventar una excusa.
Pero Victoria lo interrumpió.
—Déjalo hablar.
Ethan respiró hondo.
—Pensé que era un error... pero ahora creo que alguien utilizó mi uniforme como modelo.
Uno de los empleados levantó tímidamente la mano.
—Ahora que lo dice...
Todos giraron hacia él.
—Esta mañana vi a alguien salir del almacén con una caja grande.
Creí que era Ethan.
Pero cuando me saludó...
No respondió como siempre.
Pensé que simplemente estaba de mal humor.
Ethan abrió mucho los ojos.
—¿A qué hora?
—Sobre las diez.
Ethan tragó saliva.
A esa hora él todavía no había llegado.
Trabajaba en el turno del mediodía.
Victoria comprendió inmediatamente lo que significaba.
Alguien había estado dentro de la tienda haciéndose pasar por Ethan varias horas antes del accidente.
El gerente empezaba a perder la seguridad que había mostrado minutos atrás.
—Eso... eso puede ser una confusión.
Pero ya nadie parecía creerle.
Entonces uno de los guardias recibió un aviso por el auricular.
Su expresión cambió de inmediato.
—Acaban de encontrar algo en el almacén.
Todos caminaron rápidamente hacia la parte trasera de la tienda.
En el suelo, junto a una salida de emergencia, había un polo blanco idéntico al de Ethan.
También un delantal azul marino.
Y una gorra negra.
Las tres prendas estaban abandonadas apresuradamente.
Como si alguien hubiera cambiado de ropa para escapar.
El jefe de seguridad levantó cuidadosamente el uniforme.
En el cuello interior había una pequeña etiqueta escrita a mano.
No decía ningún nombre.
Solo una palabra.
"E.B."
Victoria sintió que algo mucho más grande acababa de comenzar.
No era únicamente un hombre disfrazado.
Aquella persona conocía perfectamente la vida de Ethan.
Conocía su nombre.
Su uniforme.
Sus horarios.
Y había conseguido que todo el centro comercial creyera que él era el responsable.
Mientras todos examinaban las prendas, Noah permanecía completamente callado.
De repente levantó lentamente la cabeza.
Miraba fijamente hacia el pasillo del almacén.
Su rostro volvió a llenarse de miedo.
Agarró con fuerza la manga de su madre.
—Mamá...
Victoria se inclinó rápidamente.
—¿Qué ocurre?
El niño apenas podía hablar.
—Está otra vez...
Todos siguieron la dirección de su mirada.
Al fondo del pasillo, detrás de una puerta cortafuegos que se cerraba lentamente, una silueta permanecía inmóvil durante apenas un segundo.
Era exactamente el mismo hombre.
La misma cara.
La misma sonrisa.
La misma ropa.
Antes de desaparecer, levantó lentamente una mano.
Como si estuviera despidiéndose de Ethan.
Y una voz volvió a sonar por los altavoces del centro comercial, mucho más clara que la primera vez.
—Esto apenas acaba de empezar... hermano.
La puerta se cerró lentamente.
Y las luces del almacén volvieron a parpadear.
Parte 3: La Verdad Detrás del Espejo
La puerta cortafuegos terminó de cerrarse con un golpe seco que resonó por todo el almacén. Durante unos segundos nadie fue capaz de moverse. Ethan fue el primero en reaccionar. Echó a correr hacia el pasillo mientras dos guardias de seguridad lo seguían muy de cerca. Cuando empujaron la puerta, encontraron un largo corredor de servicio completamente vacío. Solo se escuchaba el zumbido de los sistemas de ventilación y el eco de unos pasos que parecían alejarse rápidamente.
—¡Por aquí! —gritó uno de los guardias.
Todos comenzaron a correr entre cajas, estanterías y montacargas, pero cada vez que doblaban una esquina solo encontraban otra puerta abierta o un pasillo desierto. Era como si el hombre hubiera desaparecido dentro del propio edificio.
Mientras tanto, Victoria permanecía junto a Noah, abrazándolo con fuerza. El niño seguía temblando.
—¿Lo viste bien? —preguntó ella con voz suave.
Noah asintió.
—Nos estaba mirando...
—¿Estás seguro de que era el mismo?
—Sí... pero daba miedo.
Victoria volvió a mirar a Ethan, que regresaba del almacén respirando con dificultad.
Él estaba tan desconcertado como todos los demás.
Nunca en su vida había visto a aquel hombre.
Pero cuanto más recordaba su rostro...
Más extraño le resultaba.
No era simplemente parecido.
Era exactamente igual.
Como si estuviera observándose a sí mismo en un espejo.
En ese momento llegó la policía del centro comercial tras recibir el aviso del accidente y de la posible manipulación del sistema de seguridad. Los agentes comenzaron inmediatamente a acordonar la zona y a recoger declaraciones de todos los presentes.
Uno de los técnicos revisó el panel del tren.
Tardó apenas unos minutos en confirmar algo que dejó a todos en silencio.
—Este selector no se averió.
Victoria levantó la cabeza.
—¿Está seguro?
—Completamente.
El técnico mostró una pequeña pieza metálica.
—Alguien rompió deliberadamente el limitador de velocidad. Sin esa pieza, el tren funciona a máxima potencia.
—¿Podría ocurrir por accidente?
—Imposible.
Aquella sola palabra bastó para transformar oficialmente el incidente en una investigación criminal.
El gerente comenzó a ponerse nervioso.
—Yo... yo no sabía nada...
Victoria lo observó fijamente.
—¿Quién tenía acceso al panel?
El hombre tragó saliva.
—Solo los encargados... y algunos empleados.
—¿Entre ellos Ethan?
—Sí...
Todos volvieron a mirar a Ethan.
Él negó lentamente.
—Jamás he abierto ese panel.
Uno de los policías intervino.
—Lo comprobaremos mediante huellas.
El gerente palideció.
La policía recogió cuidadosamente el panel de control, el folleto con el dibujo infantil y el uniforme abandonado en el almacén.
Mientras tanto, un técnico informático analizaba los servidores de videovigilancia.
No tardó demasiado en encontrar otra sorpresa.
—Tenemos una intrusión.
Todos se acercaron.
—Alguien accedió al sistema utilizando una tarjeta de empleado.
—¿De quién?
El técnico respiró hondo.
—De Ethan Brooks.
El silencio volvió a apoderarse del lugar.
Ethan sintió un vacío en el estómago.
—Eso es imposible.
—La tarjeta fue utilizada exactamente treinta y ocho minutos antes del accidente.
Victoria frunció el ceño.
—¿Dónde estaba Ethan a esa hora?
Uno de los empleados respondió enseguida.
—Todavía no había llegado.
El técnico continuó revisando los registros.
—Hay algo más...
Amplió la pantalla.
La tarjeta de Ethan había sido utilizada...
Pero el lector de acceso también había capturado una fotografía automática.
Todos esperaban ver a Ethan.
Sin embargo...
La imagen aparecía completamente distorsionada.
Como si alguien hubiera colocado un potente imán sobre la cámara.
Solo podían distinguirse unos ojos.
Y una cicatriz.
Exactamente donde Noah había dicho.
Sobre la ceja izquierda.
Victoria cerró lentamente los ojos.
El niño había dicho la verdad desde el principio.
Ethan no era el hombre que había llevado a Noah hasta las vías.
Alguien había robado su identidad.
El gerente comenzó a sudar.
Comprendía que acababa de despedir públicamente al hombre que probablemente había salvado una vida.
Se acercó lentamente.
—Ethan... yo...
Pero Ethan levantó una mano.
No quería escuchar disculpas.
Solo quería entender por qué alguien había hecho aquello.
Entonces Noah volvió a hablar.
Muy despacio.
—Yo lo conozco.
Todos giraron hacia él.
Victoria se arrodilló.
—¿Qué has dicho?
El niño respiró profundamente.
—Lo vi hace varios días.
—¿Dónde?
—Aquí...
Señaló el pasillo del centro comercial.
—Siempre me miraba.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Nunca me lo dijiste?
—Pensé que trabajaba aquí.
El policía tomó nota inmediatamente.
—¿Te habló alguna otra vez?
Noah negó con la cabeza.
—Solo sonreía.
Ethan sintió que algo empezaba a encajar.
Recordó varias ocasiones durante los últimos meses en las que algunos clientes lo saludaban aunque él juraba no haberlos visto nunca.
Una mujer incluso le reclamó una conversación que, según ella, habían tenido la semana anterior.
Él creyó que simplemente lo confundían con otro empleado.
Ahora ya no estaba tan seguro.
Victoria miró nuevamente el dibujo.
Lo observó durante varios segundos.
Entonces descubrió un detalle que nadie había visto.
En la esquina inferior derecha había unas pequeñas iniciales escritas con lápiz.
"M.B."
No pertenecían a Noah.
El niño negó inmediatamente.
—Yo no hice ese dibujo.
Uno de los policías fotografió cuidadosamente las letras.
—Podría tratarse del autor.
En ese instante sonó el teléfono de Victoria.
Contestó rápidamente.
Su expresión cambió por completo.
Era la presidenta del grupo propietario del centro comercial.
Había recibido un informe preliminar del incidente.
Tras escuchar durante unos segundos, Victoria respondió con absoluta firmeza.
—Quiero suspendido al gerente inmediatamente.
El hombre quedó inmóvil.
—Señora...
—Ha despedido al empleado que salvó la vida de mi hijo sin esperar una investigación.
No añadió una palabra más.
Colgó.
Dos directivos del grupo comercial llegaron pocos minutos después.
El gerente entregó su acreditación sin oponer resistencia.
Antes de marcharse miró una última vez a Ethan.
—Me equivoqué.
Ethan simplemente asintió.
No sentía satisfacción.
Solo agotamiento.
Victoria caminó lentamente hacia él.
Por primera vez desde el accidente sonrió ligeramente.
—Gracias.
Ethan negó con humildad.
—Solo hice lo correcto.
Victoria lo observó unos segundos.
—No mucha gente lo habría hecho.
Sacó una tarjeta de su bolso.
—Cuando todo esto termine, me gustaría hablar con usted.
Ethan aceptó la tarjeta sin comprender del todo.
Pero antes de que pudiera responder, uno de los agentes recibió una llamada urgente.
Escuchó apenas unos segundos.
Su rostro cambió.
—Acaban de revisar las cámaras exteriores.
Todos guardaron silencio.
—¿Y?
El agente levantó lentamente la vista.
—Encontraron al hombre.
Ethan dio un paso adelante.
—¿Dónde está?
El policía tragó saliva.
—No exactamente...
Sacó una fotografía impresa desde una carpeta.
La colocó sobre el mostrador.
Todos la observaron.
Era una imagen tomada por una cámara situada en el aparcamiento trasero.
Mostraba claramente al hombre idéntico a Ethan entrando en una furgoneta negra.
Pero había algo mucho más inquietante.
En el lateral del vehículo aparecía un logotipo plateado.
Un lobo dentro de un espejo roto.
Victoria frunció el ceño.
—¿Qué significa ese símbolo?
Nadie respondió.
Ni siquiera la policía.
Porque ninguno lo había visto antes.
Sin embargo...
Ethan sí.
Su rostro perdió completamente el color.
Había visto exactamente ese mismo emblema muchos años atrás.
En una vieja fotografía escondida entre las pocas pertenencias que conservaba de su padre desaparecido.
Una fotografía que siempre creyó insignificante.
Una fotografía tomada apenas unos días antes de que su padre desapareciera sin dejar rastro cuando Ethan tenía solo cinco años.
Ethan levantó lentamente la mirada.
Por primera vez desde que comenzó todo, comprendió que aquello nunca había sido un simple accidente en una juguetería.
Alguien había pasado años preparando aquel encuentro.
Y, por alguna razón que todavía no entendía...
Ese hombre idéntico a él parecía conocer toda su vida mucho mejor de lo que él mismo la conocía.
May you like
La fotografía cayó lentamente de sus manos.
Y, en el más absoluto silencio, comprendió que la verdadera historia acababa de empezar.