EL SOBRE QUE SU MADRE NO DEJÓ MOJAR
Capítulo 1:
La mujer que había lavado ropa ajena durante treinta años no lloró cuando su nuera le lanzó agua.
Retrocedió un paso.
Apretó la bolsa de tela contra el costado.
Y levantó la cara para mirar hacia la terraza donde su hijo brindaba sin saber que, según el plan de su esposa, aquella sería la última fiesta de la que saldría por su propia voluntad.
—¡Vete!
Camila volvió a dirigir la manguera hacia sus zapatos.
El chorro duró apenas un instante, pero bastó para empapar la camisa celeste y oscurecer la falda gris de Teresa.
La anciana sintió el agua fría bajar por sus piernas.
No soltó la bolsa.
Dentro llevaba un sobre.
Y dentro del sobre, una carta que le había costado más reunir que todas las monedas con las que ayudó a Julián a terminar sus estudios.
—Necesito hablar con mi hijo —dijo.
Camila bajó la boquilla.
Sus ojos se movieron hacia los invitados.
La música seguía sonando.
Nadie parecía haber escuchado.
—Tu hijo está ocupado con personas que sí pertenecen aquí.
Teresa miró las rosas blancas junto al portón.
Había ayudado a pagar las primeras plantas de aquel jardín, muchos años antes de que Camila aprendiera a llamarlo suyo.
—Entonces voy a esperarlo.
La sonrisa de su nuera desapareció.
Julián apareció cuando Camila volvía a levantar la manguera.
No vio el primer chorro.
Vio la ropa empapada de su madre.
La bolsa apretada contra su cuerpo.
La forma en que su esposa dejó caer inmediatamente el agua hacia el césped.
Se acercó sin comprender.
—Mamá, ¿qué te pasó? ¿Por qué estás toda mojada?
Teresa abrió la boca.
Camila se adelantó.
Dejó la manguera sobre la hierba y se aferró al brazo libre de su marido.
Su voz se volvió dulce.
—Julián, esposo mío, esta vieja mugrienta dice ser tu madre...
No terminó.
Él había retirado el brazo.
La miraba como si acabara de escucharla hablar en un idioma desconocido.
—Sabes perfectamente quién es.
Camila parpadeó.
—No la reconocí desde lejos. Estaba entrando sin avisar y pensé…
Julián no esperó el final.
Sujetó con suavidad el antebrazo de Teresa y la acompañó hacia el portón abierto.
Ella caminó despacio.
El agua había vuelto resbaladizas las suelas.
Camila los siguió.

—Julián, no hagas una escena.
Él y su madre cruzaron hasta la acera.
Después cerró el portón entre ambos lados.
El sonido del pestillo interrumpió las palabras de Camila.
Por primera vez desde que Teresa llegó, la mujer que le ordenaba irse no podía acercarse a ella.
Teresa metió una mano dentro de la bolsa.
El sobre estaba seco.
Lo había protegido con el cuerpo.
Se lo entregó a su hijo.
Julián reconoció la letra del destinatario.
Era la de su madre.
Debajo había otra anotación, escrita por alguien distinto.
Leer antes de subir al automóvil.
Sintió una inquietud que todavía no sabía nombrar.
Sacó la carta.
Teresa lo observó empezar a leer.
—Hijo, este sobre prueba la traición. Tu esposa pagó para que hoy no volvieras a casa.
Julián levantó los ojos.
Detrás de los barrotes, Camila había dejado de intentar abrir.
—¿Qué significa eso?
Teresa señaló el papel.
—Sigue.
La carta estaba firmada por Raúl Medina.
Su conductor.
El hombre que debía llevarlo esa noche a una reunión urgente con un inversionista.
Una reunión de la que Camila llevaba dos días hablándole.
El comienzo decía:
Señor Julián: no existe ningún inversionista esperándolo esta noche. Yo acepté dinero para llevarlo a otro lugar.
Julián volvió a leer la frase.
No podía acomodarla dentro de la tarde soleada.
De la música.
De su esposa vestida para recibir a cincuenta invitados.
Raúl explicaba que le habían pedido cambiar el trayecto después de salir de la villa.
Debía entregar el automóvil a dos hombres en una propiedad alquilada.
Le aseguraron que no iban a lastimar a Julián.
Solo mantenerlo apartado durante unos días.
El tiempo suficiente para que firmara ciertos documentos.
Raúl había aceptado.
Recibió un adelanto.
Después escuchó una conversación que lo hizo comprender que nadie pensaba respetar aquellas condiciones.
La carta incluía fechas, cantidades y el nombre de la empresa desde la que llegó el pago.
Julián conocía esa empresa.
Pagaba servicios de mantenimiento para la villa.
La administraba Camila.
El papel empezó a temblar en sus manos.
—¿Dónde está Raúl?
Teresa respiró profundamente.
—Con una abogada. Esperando a contar lo que hizo.
Camila tiró del portón.
Estaba cerrado, pero no con llave.
Julián mantuvo una mano sobre él.
—Dame un minuto con mi madre.
—¿Qué te está diciendo?
—Un minuto.
—No puedes creer cualquier cosa que una persona te traiga en una bolsa.
Teresa se quedó inmóvil.
Julián miró la tela desgastada.
Reconoció una costura lateral reparada con hilo oscuro.
Su madre llevaba aquella bolsa al mercado desde antes de que él pudiera permitirse comprarle un automóvil.
Nunca aceptó el automóvil.
Decía que caminar le ayudaba a conversar con la gente.
Ahora Camila hablaba de la bolsa como si volviera sospechoso todo lo que contuviera.
Julián sacó el teléfono.
Marcó a Raúl.
La llamada entró.
El conductor respondió al segundo tono.
—Señor.
Julián cerró los ojos un instante.
—¿Escribiste esta carta?
El silencio fue breve.
—Sí.
—¿Es verdad?
—Sí.
Dentro del jardín, Camila empezó a decir su nombre.
Él se alejó unos pasos para escuchar.
—Necesito saber dónde estás —dijo Julián.
Raúl le explicó.
La abogada se llamaba Laura Sanz.
Trabajaba para una asociación que había ayudado a la hija del conductor con un problema laboral.
Raúl había acudido a ella aquella mañana.
No porque se considerara inocente.
Porque tenía miedo de seguir adelante y miedo de retirarse.
Laura le indicó que conservara los mensajes y lo acompañó a informar a las autoridades.
Había conseguido también que localizaran a Julián.
Pero Raúl no sabía qué teléfonos controlaba Camila ni quién más estaba involucrado.
Entonces recordó a Teresa.
La conocía desde hacía años.
Su madre y ella habían trabajado juntas en una lavandería.
—Fui a buscarla porque sabía que no iba a avisarle primero a su esposa —admitió.
Julián miró a su madre.
Había viajado hasta allí sabiendo que la mujer del jardín podía estar dispuesta a algo mucho peor que insultarla.
—¿Por qué no me llamaste directamente? —le preguntó a Teresa.
Ella señaló su teléfono sencillo.
—Lo hice.
Había once llamadas sin contestar.
Julián había dejado el aparato en silencio para atender a los invitados.
La abogada tomó la llamada.
No le pidió que se convirtiera en investigador.
Le indicó que permaneciera en un lugar seguro y siguiera las instrucciones de los agentes que ya estaban gestionando la denuncia.
Julián escuchó con atención.
Miró el automóvil estacionado junto a la entrada.
Su esposa había insistido en que lo utilizara.
Dijo que el otro estaba en mantenimiento.
La reunión debía celebrarse después del brindis.
Faltaban cuarenta minutos.
—Estoy fuera de la casa con mi madre —explicó.
La voz de Laura cambió apenas.
Le pidió la ubicación exacta.
Después le preguntó si podía entrar a un comercio cercano sin regresar al jardín.
Había una pequeña farmacia en la esquina.
Julián guardó la carta, se quitó la chaqueta y la colocó sobre los hombros mojados de Teresa.
—Vamos.
Camila abrió el portón cuando él dejó de sujetarlo.
—¡Julián!
Él se volvió.
Su esposa no miró la ropa de su madre.
Miró el sobre.
Cuatro años antes, Camila le pareció una mujer capaz de ordenar cualquier desastre.
Julián acababa de perder a su padre.
Su empresa de construcción crecía con demasiada rapidez.
Trabajaba catorce horas diarias y comía de pie junto a los planos.
Camila llegó para coordinar la renovación de unas oficinas.
Era eficiente.
Recordaba los nombres.
Respondía mensajes antes de que él terminara de formular las preguntas.
Julián confundió aquella disponibilidad con una forma de amor.
Después sí hubo afecto.
Viajes.
Noches sencillas.
Conversaciones que él todavía no quería reducir a una mentira completa.
Se casaron dos años más tarde.
Teresa asistió con un vestido azul oscuro que pagó en tres cuotas, aunque su hijo le ofreció comprarlo.
Camila la abrazó delante del fotógrafo.
Aquella imagen quedó durante meses sobre el escritorio de Julián.
A veces, cuando su madre empezó a visitarlos menos, él miraba la fotografía para convencerse de que no podía estar ocurriendo nada grave entre ellas.
Era más fácil confiar en una imagen que sostener una conversación incómoda.
En la farmacia, Teresa empezó a tiritar.
La dependienta las vio entrar y les ofreció una silla.
Julián explicó solamente que su madre se había mojado y necesitaba esperar allí unos minutos.
Compró una botella de agua.
Se arrodilló frente a ella.
—¿Te hizo esto antes?
Teresa miró hacia el mostrador.
—No con agua.
Él sintió que la respuesta tenía más peso que un sí.
—¿Qué pasó antes?
Su madre se acomodó la chaqueta.
Camila le había dicho que avisara antes de ir.
Después, que Julián necesitaba descansar de los problemas familiares.
Luego dejó de comunicarle algunas llamadas.
Cuando Teresa llevó comida, la encontraron días después en el refrigerador de servicio, sin tocar.
La última Navidad la sentaron en una mesa lateral porque, según Camila, había cambiado la distribución de invitados a última hora.
Julián estaba atendiendo a un socio.
Pensó que su madre prefería conversar con las primas.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Teresa lo miró.
—Te lo dije, hijo.
No levantó la voz.
Eso lo hizo peor.
Recordó la llamada.
Me siento de visita donde antes me sentía en casa.
Él respondió que Camila estaba estresada.
Que no había mala intención.
Que todos debían adaptarse.
Había utilizado frases pequeñas para no hacerse cargo de una herida grande.
Se sentó junto a Teresa.
No le pidió que lo tranquilizara.
La dependienta les acercó unas servilletas para secar la bolsa.
Teresa las aceptó con una sonrisa.
Julián observó cómo daba las gracias a una desconocida después de que su propia nuera la tratara como basura.
Su teléfono vibró.
Camila.
Después otro número.
Esteban Duarte.
Su director financiero.
El hombre que había organizado los documentos que Julián debía revisar a la mañana siguiente.
Julián dejó ambas llamadas sin contestar.
Por primera vez se preguntó si la reunión falsa y los documentos verdaderos pertenecían a la misma historia.
Los agentes llegaron poco después.
Hablaron con Julián y Teresa por separado para aclarar lo que cada uno sabía.
La carta era un comienzo.
El dinero, los mensajes y la declaración de Raúl ayudarían a comprobarla.
Julián no regresó solo a la villa.
Pidió que su madre recibiera atención por el frío y esperó acompañado mientras las autoridades tomaban las medidas correspondientes.
Desde la esquina vio salir a varios invitados.
Algunos hablaban por teléfono.
Otros miraban hacia él.
Camila había empezado a contar su versión.
Su suegra estaba confundida.
Un empleado descontento intentaba extorsionarlos.
Julián atravesaba una crisis.
Ninguna de aquellas frases lo sorprendió tanto como debería.
Las había escuchado antes aplicadas a otras personas.
Una proveedora que reclamaba pagos.
Una asistente que renunció.
Su madre.
Siempre alguien estaba exagerando.
Siempre Camila tenía una explicación antes de que él formulara la pregunta.
Esa noche no hubo detenciones espectaculares delante de los invitados.
Hubo entrevistas.
Identificaciones.
Peticiones urgentes para conservar documentos.
El conductor entregó su teléfono y los comprobantes del adelanto.
La propiedad a la que debía llevar a Julián estaba alquilada a nombre de un intermediario relacionado con Esteban.
Encontraron allí elementos que respaldaban la intención de retenerlo contra su voluntad.
No necesitaban imaginar una película para comprender el peligro.
Bastaban una puerta que cerraba desde fuera, instrucciones sobre su llegada y comunicaciones que no debieron existir.
Camila acudió acompañada de un abogado.
Negó haber organizado nada.
Dijo que autorizó un pago por servicios de seguridad.
Después afirmó que Esteban le había explicado que Julián necesitaba descansar unos días lejos de la presión de la empresa.
La segunda versión no ayudó a sostener la primera.
Julián pasó la noche en casa de Teresa.
No había una habitación de invitados.
Ella le ofreció su cama.
Él preparó el sofá antes de que terminara la frase.
En la cocina seguía el reloj que su padre había arreglado veinte años antes.
La puerta del refrigerador estaba cubierta de imanes viejos.
Junto a la ventana había una fotografía de Julián con un diploma.
Su madre nunca la cambió por ninguna de las imágenes de sus premios empresariales.
Lo recibió con una taza de té.
—No tienes que contarme todo esta noche.
Julián miró la mesa.
Había una quemadura pequeña en la madera.
La hizo él a los quince años, intentando preparar la cena.
Su madre la cubría con un mantel cuando había visitas.
Aquella noche no lo hizo.
—Mamá.
Teresa se sentó.
Él tardó en continuar.
—Vi lo que quería ver.
Su madre sostuvo la taza entre las manos.
—Entonces ahora mira despacio.
Los documentos aparecieron durante la revisión de las cuentas.
Julián pensaba que Camila quería quedarse con la casa y una parte de su patrimonio.
La realidad era más complicada.
Durante meses, Esteban había ocultado deudas mediante movimientos entre sociedades.
Camila recibía pagos de proveedores que facturaban servicios inflados.
El dinero no solo había financiado sus gastos personales.
También sostenía una inversión que ambos presentaron como segura y que ya había perdido gran parte de su valor.
La semana anterior, Julián pidió una auditoría externa.
La fiesta en la villa celebraba precisamente la entrada de un nuevo socio.
Ese socio había exigido transparencia antes de aportar capital.
La revisión amenazaba con mostrarlo todo.
Julián debía desaparecer unos días.
En ese tiempo intentarían conseguir firmas que les permitieran trasladar obligaciones, liberar fondos y presentar sus decisiones como parte de una crisis personal.
Habían preparado incluso un borrador de mensaje.
Necesito alejarme. No me busquen.
Lo escribirían desde su teléfono.
Julián leyó aquella frase en el despacho de su abogada.
Pensó en su madre llamándolo.
En las once llamadas.
La misma ausencia que él había creado por descuido iba a servirles para inventar otra.
El mensaje que cambió su comprensión llegó de Esteban, no de Camila.
Los investigadores lo recuperaron junto con otras comunicaciones.
Si se niega a firmar, no podemos soltarlo y esperar que no hable.
La respuesta de Camila decía:
Primero consigan que llegue. Después vemos.
No era una orden explícita de matarlo.
Julián no permitió que nadie suavizara lo que significaba tampoco.
Su esposa había autorizado que lo llevaran por la fuerza a un lugar del que quizá no pudiera salir.
Había dejado su seguridad para después.
Su vida dependía de una conversación pendiente entre personas que necesitaban su silencio.
Julián pidió una pausa.
Salió al patio del despacho y llamó a Teresa.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
Él miró el cielo entre los edificios.
—No.
La palabra le costó.
Su madre no la llenó enseguida con consejos.
—¿Quieres que vaya?
Julián cerró los ojos.
—Sí.
Raúl no quedó convertido en un héroe por haber hablado.
Había aceptado el dinero.
Había consultado el trayecto.
Había mentido sobre la disponibilidad del automóvil.
Su colaboración ayudó a impedir el plan y a reunir pruebas, pero no borró sus actos.
Julián pidió verlo una vez, mediante los profesionales que intervenían en el caso.
Quería hacer una pregunta.
Cuando estuvieron frente a frente, descubrió que no necesitaba gritar.
—¿En qué momento dejé de ser una persona para ti?
Raúl bajó la cabeza.
Habló de deudas.
De una hija.
Del miedo.
Julián escuchó.
Ninguna de aquellas cosas era inventada.
Ninguna volvía aceptable llevarlo a una casa donde iban a encerrarlo.
—Mi madre también tuvo deudas —respondió—. Y un hijo.
Raúl empezó a llorar.
Julián terminó la conversación sin prometer perdón.
La gratitud por su confesión y la desconfianza podían existir al mismo tiempo.
Aprenderlo resultaba agotador.
Camila pidió hablar con él tres semanas después.
Julián aceptó únicamente una comunicación organizada por sus abogados.
Ella apareció con el cabello negro perfectamente peinado.
Sin el vestido color ciruela.
Sin el jardín detrás.
Por unos segundos, el rostro familiar lo hizo dudar de todo otra vez.
Entonces recordó a Teresa empapada.
Camila comenzó llorando.
Dijo que Esteban la había presionado.
Que ella solo quería resolver un problema antes de que Julián perdiera la empresa.
Él la escuchó hasta el final.
—¿Por qué le lanzaste agua a mi madre?
Camila se quedó callada.
La pregunta parecía demasiado pequeña al lado de una investigación penal.
Para Julián no lo era.
Su esposa se secó una lágrima.
—No sabía que era ella.
Él negó lentamente.
—Comió contigo en esta casa durante dos años.
Camila miró fuera de la pantalla.
—Estaba asustada.
—Ella llegó antes de que yo supiera algo.
La mujer dejó caer la mano.
Por primera vez no tenía una explicación preparada.
—Tu madre nunca me aceptó —dijo finalmente.
Julián sintió una tristeza distinta de la rabia.
Había esperado una grieta por donde pudiera aparecer algo sincero.
Lo que apareció fue otra acusación.
—No voy a discutir sobre ella contigo.
Camila se inclinó hacia la cámara.
—¿Vas a tirar nuestro matrimonio por un error?
Él recordó los mensajes.
Las transferencias.
El vehículo preparado.
El trayecto elegido.
Su madre cruzando media ciudad con un sobre.
—No fue un momento —respondió—. Fueron muchas decisiones.
Camila volvió a llorar.
Julián terminó la llamada.
Después permaneció sentado mucho tiempo.
No sintió victoria.
Sintió que una parte de su vida acababa de dejar de tener arreglo.
Su abogada le dio unos minutos antes de hablar de los siguientes pasos.
Él se los agradeció.
La noticia llegó a los medios locales cuando la investigación ya había avanzado.
Hubo versiones exageradas.
Titulares que hablaban de una madre adivinando el peligro.
De una esposa descubierta por casualidad.
De una fortuna salvada en el último segundo.
Teresa apagó la televisión.
—Yo no adiviné nada.
Julián estaba en la cocina cortando verduras.
La miró.
—Lo sé.
Raúl había hablado.
Una abogada actuó.
Varias personas tomaron decisiones a tiempo.
Teresa había ido hasta la villa porque conocía a su hijo y temía que una advertencia se perdiera entre intermediarios.
No tenía poderes.
Tenía una dirección, un sobre y la determinación de llegar.
Julián comprendió que convertirla en una figura extraordinaria podía ser otra manera de no mirar lo que había soportado como una mujer corriente.
Le pasó una zanahoria mal pelada.
Teresa la examinó.
—Todavía eres impaciente.
Él soltó una risa breve.
Era la primera que no le dolía desde aquella tarde.
La empresa necesitó meses de trabajo.
La auditoría descubrió contratos falsos, gastos personales y operaciones que Julián había autorizado sin revisar suficientemente.
No todos los problemas podían atribuirse a Camila y Esteban.
Él había firmado.
Había delegado sin supervisión.
Había premiado a quienes le evitaban preguntas.
Tuvo que informar a los socios, renegociar proyectos y aceptar pérdidas.
También pedir disculpas a empleados que habían advertido irregularidades y fueron tratados como obstáculos.
No lo hizo en una ceremonia.
Se reunió con ellos.
Escuchó cosas que no le gustaban.
A veces salió enfadado.
Aprendió a no confundir ese enojo con una prueba de que lo estaban atacando.
Por las tardes iba a terapia.
Después, cuando podía, cenaba con Teresa.
No necesitaban hablar del caso cada vez.
A ella le interesaba saber si él seguía tomando café en lugar de comer.
Aquella pregunta empezó a devolverle una vida que no terminaba en las carpetas de los abogados.
Julián quiso comprarle una casa nueva.
Teresa le preguntó por qué.
Él habló de comodidad.
De espacio.
De gratitud.
Ella lo dejó terminar.
Después señaló la ventana.
Desde allí se veía la panadería, el balcón de una vecina y un árbol plantado cuando su esposo todavía vivía.
—Aquí sé quién me llama por mi nombre.
Julián bajó la mirada.
Había pasado años ofreciéndole cosas en lugar de preguntarle qué quería.
Esta vez lo hizo.
Teresa pidió que arreglaran una humedad.
Que cambiaran el calentador.
Y que, si él decía que iba a visitarla el domingo, no cancelara diez minutos antes porque surgió algo más importante.
Julián asintió.
El calentador se instaló aquella semana.
Cumplir los domingos requirió un cambio mayor.
La causa siguió su curso.
Camila y Esteban tuvieron que responder por los hechos que las pruebas permitían atribuirles.
Los pagos, la propiedad alquilada, las comunicaciones y las declaraciones sostuvieron una historia que ya no dependía de cuál de ellos hablara mejor.
El divorcio avanzó por separado.
Julián no negoció silencio a cambio de recuperar dinero.
Su abogada se encargó de los documentos.
Él evitó las conversaciones que pretendían convertir la separación en una última prueba de amor.
Hubo noches en que extrañó a Camila.
Lo admitió con vergüenza al principio.
Después comprendió que extrañaba también lo que creyó tener.
No tenía que regresar para demostrar que sus sentimientos habían sido reales.
Podía lamentar el matrimonio y seguir terminándolo.
Teresa no lo apuró.
Solo le recordó, una tarde, que el dolor no era una deuda que tuviera que pagarle a nadie.
La villa quedó vacía cuando terminó la recogida de pertenencias.
Julián regresó acompañado para decidir qué conservar.
Encontró un armario lleno de manteles que nunca había elegido.
Copas compradas para impresionar a personas que ya no lo llamaban.
En una habitación de servicio apareció una caja con objetos de Teresa.
Una bufanda.
Un recipiente de cocina.
Dos fotografías que habían desaparecido del salón.
Camila los había retirado poco a poco.
Él no preguntó por ellos.
Se sentó en el borde de una cama.
Tomó la fotografía donde aparecía con sus padres delante de una casa sin pintar.
Su padre tenía las manos manchadas de cemento.
Teresa sostenía una jarra de agua.
Julián sonreía sin saber todavía lo mucho que iba a avergonzarse de algunas cosas que antes lo hacían feliz.
Guardó la fotografía.
Fue lo primero que sacó de la villa.
Casi un año después, Teresa volvió al jardín.
No para pedir que la dejaran entrar.
Julián organizó una comida antes de entregar la propiedad a sus nuevos dueños.
Invitó a pocas personas.
La abogada que escuchó a Raúl estuvo allí.
También algunos amigos y familiares con quienes había retomado el contacto.
No hubo música demasiado alta.
Ni un lugar apartado para Teresa.
Ella se sentó junto a la puerta de la cocina porque corría una brisa agradable.
Julián le sirvió agua.
Al apoyar la jarra, vio su bolso de tela colgado en el respaldo.
El mismo.
Lavado.
Con otra costura nueva cerca del asa.
—Podría comprarte uno —dijo.
Teresa levantó una ceja.
Él sonrió.
—Ya sé. No hace falta.
Durante la comida, una niña derramó un vaso y se asustó.
Teresa le acercó una servilleta.
—Es agua, cariño.
Julián la miró.
Pensó en todo lo que el agua había revelado aquella tarde.
No dijo nada.
Ayudó a secar la mesa.
Antes de irse, caminaron juntos hasta el portón.
Las rosas blancas habían vuelto a florecer.
Teresa se detuvo para acomodarse el bolso.
Julián miró el lugar donde ella había permanecido empapada, esperando que él leyera.
—No sé cómo agradecerte.
Su madre lo observó un momento.
Después le acomodó el cuello de la camisa, un gesto que él llevaba años evitando delante de otras personas.
Esta vez se quedó quieto.
—No me agradezcas solo por el sobre —dijo—. Contesta cuando te llame.
Julián bajó la cabeza, sonriendo con los ojos húmedos.
—Voy a contestar.
Cruzaron el portón juntos.
Afuera no había un automóvil esperando para llevarlo a una reunión urgente.
Había una tarde libre.
La panadería seguía abierta cerca de la casa de Teresa.
Ella quería comprar pan para el desayuno.
May you like
Julián le ofreció el brazo.
Y por primera vez en mucho tiempo, no tenía ninguna prisa por llegar a otra parte.