PARTE 1 — EL DÍA EN QUE ÉL TUVO QUE ELEGIR

La puerta principal de la casa se cerró con un golpe tan fuerte que las copas de cristal del mueble del recibidor vibraron ligeramente. Durante unos segundos, nadie habló. La luz natural de la tarde entraba por los enormes ventanales del salón, iluminando las paredes color crema y los impecables pisos de piedra, pero aquella casa, que alguna vez había parecido cálida y elegante, se sentía de repente fría, enorme y completamente vacía.
Claudia permanecía de pie junto al sofá, con el pecho subiendo y bajando rápidamente. Su larga cabellera negra y ondulada caía desordenada sobre sus hombros. La camisa roja de seda que llevaba puesta contrastaba con su rostro pálido y sus ojos enrojecidos por el llanto. Tenía lágrimas acumuladas en las pestañas, pero se negaba a limpiarlas.
Frente a ella estaba Elena, su suegra.
A sus sesenta años, Elena había perfeccionado el arte de dominar una habitación sin necesidad de levantar demasiado la voz. Llevaba un vestido azul marino de corte impecable, pequeños pendientes de diamantes y el cabello recogido con absoluta precisión. No parecía una mujer atrapada en una discusión familiar. Parecía una jueza esperando escuchar el último argumento antes de dictar sentencia.
A unos pasos de ambas estaba Andrés.
Su esposo.

Tenía treinta y cinco años, el cabello negro cuidadosamente recortado y una barba corta que normalmente le daba una apariencia segura y masculina. Pero aquella tarde parecía otro hombre. Su camisa gris estaba ligeramente arrugada y sus ojos se movían constantemente entre su esposa y su madre, incapaces de sostener la mirada de ninguna de las dos durante más de unos segundos.
Claudia apretó los puños.
—¡Ya no soporto ni verte!
Su voz salió rota, pero firme.
Elena levantó lentamente las cejas.
—¡Esta casa era tranquila hasta que llegaste tú!
Claudia dio un paso hacia ella.
—¿Yo llegué? ¡Tú llevas tres años intentando destruir mi matrimonio!
—No seas dramática.
—¿Dramática? —Claudia soltó una risa amarga—. Entraste en nuestra casa sin pedir permiso. Revisaste mis cosas. Cambiaste las decisiones que Andrés y yo tomábamos juntos. Le dijiste que yo no era suficientemente buena para él. Y ahora quieres convencerlo de que debería abandonarme.
Elena cruzó los brazos.
—Yo no necesito convencer a mi hijo de nada. Él ya está viendo quién eres realmente.
Claudia giró lentamente hacia Andrés.
—¿Es cierto?
Él no respondió.
Ese silencio dolió más que cualquier palabra.
—Andrés.
El hombre tragó saliva.
—Claudia, no hagamos esto peor.
Ella lo miró incrédula.
—¿Peor?
Señaló a Elena.
—Ella acaba de decir que debería salir de mi propia casa y tú me pides que no haga esto peor.
—Esta no es solamente tu casa —respondió Elena.
Claudia la miró.
—Es mi casa porque la compramos juntos.
—Con el dinero que mi hijo ganó antes de conocerte.
Andrés cerró los ojos durante un instante.
—Mamá...
—¿Qué? —Elena se volvió hacia él—. ¿Ahora también vas a permitir que me falte al respeto?
Claudia sintió que algo dentro de ella se quebraba.
Había esperado aquel momento durante años. Había esperado que Andrés finalmente defendiera su matrimonio. No necesitaba que gritara. No necesitaba que insultara a su madre. Solo necesitaba que dijera una frase.
“Claudia es mi esposa.”
Pero él seguía callado.
—Dime algo —susurró ella.
Andrés levantó la mirada.
—¿Qué quieres que diga?
Claudia sintió que las lágrimas finalmente comenzaban a deslizarse por sus mejillas.
—La verdad.
Él bajó los ojos.
Elena observó a su hijo y sonrió ligeramente.
Fue una sonrisa pequeña.
Casi imperceptible.
Pero Claudia la vio.
Y comprendió.
Elena no tenía miedo de perder.
Porque ya sabía cuál sería la decisión de su hijo.
Claudia respiró profundamente.
—Hoy eliges —dijo—. Tu madre o tu esposa.
Andrés levantó la cabeza.
—Claudia...
—No. No quiero explicaciones. No quiero promesas. No quiero que me digas que necesitas tiempo. Durante tres años he esperado que fueras capaz de poner límites.
Sus labios comenzaron a temblar.
—Hoy no te estoy pidiendo que elijas entre dos mujeres. Te estoy preguntando si nuestro matrimonio significa algo para ti.
Elena soltó una pequeña risa.
—Quiero oír tu respuesta, hijo.
Andrés miró a su madre.
Luego miró a Claudia.
Durante unos segundos, pareció que iba a acercarse a su esposa.
Claudia incluso contuvo la respiración.
Pero entonces Andrés apartó la mirada.
—Mamá...
Elena extendió una mano.
—Vamos.
Andrés no dijo nada.
Simplemente caminó hacia ella.
Claudia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Andrés...
Él siguió caminando.
Elena llegó primero a la puerta principal. La abrió.
El aire fresco de la tarde entró en el recibidor.
Andrés se detuvo durante un segundo.
Claudia lo miró.
Esperaba que se girara.
Esperaba que dijera algo.
Cualquier cosa.
Pero él no lo hizo.
Salió detrás de su madre.
La puerta se cerró.
Claudia quedó sola.
Durante varios segundos permaneció completamente inmóvil.
Después miró alrededor.
El sofá donde ella y Andrés habían pasado tantas noches.
La fotografía de su boda sobre la consola.
Las plantas que ella había elegido.
La mesa donde desayunaban cada domingo.
Todo seguía exactamente en su sitio.
Solo faltaba él.
Claudia se llevó una mano a la boca.
El primer sollozo escapó de su garganta.
Después otro.
Se dejó caer lentamente contra la pared y se cubrió el rostro.
No sabía que aquella noche no solo había perdido a su marido.
Tampoco sabía que la mujer que acababa de marcharse con él había cometido un error mucho más grande.
Porque Elena estaba convencida de que acababa de ganar.
Pero había dejado una pieza del pasado dentro de aquella casa.
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Una pieza que Claudia todavía no había encontrado.
Y que cambiaría por completo la razón por la que Andrés había elegido a su madre.