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Chapter 5 - The Woman Who Was Chosen | Capítulo 5 — La mujer que habían elegidoEl correo electrónico permaneció abierto en la pantalla de Daniel durante casi una hora.

Pregúntele a Margaret por qué estaba buscando una nueva esposa para usted antes del accidente.

Era una acusación tan absurda que su primera reacción había sido pensar en una broma cruel.

Julia estaba viva.

Herida, agotada y sometida a una recuperación incierta, pero viva.

Y alguien afirmaba que su madre ya había comenzado a buscarle una sustituta.

Daniel cerró la computadora.

Volvió a abrirla.

Examinó la dirección del remitente, una cuenta privada cuyo nombre no revelaba nada.

Después respondió:

Si tiene información importante, necesito saber quién es y de dónde procede.

La contestación llegó once minutos después.

«Me llamo Olivia Beaumont. Creo que debemos hablar. No confío en que su madre le cuente la verdad».

Daniel conocía aquel apellido.

Beaumont Capital era una firma privada de inversiones especializada en operaciones inmobiliarias. Su fundador, Malcolm Beaumont, había colaborado con Robert Hale años atrás y conservaba relaciones con varias entidades financieras de Nueva York.

La empresa familiar de Daniel había mantenido conversaciones con Beaumont Capital durante los últimos meses.

Él creía que se trataba de una posible refinanciación de algunos proyectos.

Nunca había oído hablar de Olivia.

La mujer propuso encontrarse en una cafetería tranquila de Greenwich, lejos de la mansión y de las oficinas corporativas.

Daniel dudó.

Después aceptó.

Olivia Beaumont tenía treinta y un años.

Era una mujer alta, de cabello castaño claro y expresión serena. Vestía un traje azul oscuro y llevaba una carpeta de cuero sobre las rodillas.

Cuando Daniel entró, ella se levantó.

—Gracias por venir.

—Espero que tenga una buena razón para haberme enviado ese mensaje.

Olivia aceptó la dureza de su tono.

—La tengo.

Se sentaron.

Daniel no pidió nada.

—Conozco a su padre —comenzó—. Nuestra empresa está negociando con él.

—Lo sé.

—¿Trabaja para Beaumont Capital?

—Soy responsable de análisis de inversiones. Pero estoy aquí a título personal.

Daniel cruzó los brazos.

—Entonces hablemos de mi madre.

Olivia bajó los ojos hacia su carpeta.

—Margaret me conoce desde hace años. Mi padre fue amigo de Robert Hale. Durante mi infancia coincidimos en algunas celebraciones familiares.

—¿Y?

—Hace cuatro meses comenzó a llamarme con frecuencia.

Daniel esperó.

—Primero me preguntó por mi trabajo, mi situación sentimental y mis planes de futuro. Pensé que era simple curiosidad.

—Mi madre nunca siente simple curiosidad.

Olivia esbozó una sonrisa triste.

—Eso lo entendí después.

Abrió la carpeta y extrajo varias copias impresas.

—En febrero me invitó a cenar. Dijo que quería presentarme a su hijo.

Daniel sintió un escalofrío.

—Sabía que estoy casado.

—Por supuesto.

—Tengo una hija.

—También lo sabía.

Daniel observó los papeles.

En uno de ellos aparecía una invitación enviada por Margaret, acompañada de una fotografía suya.

Era una imagen tomada durante una gala empresarial.

Debajo, Margaret había escrito:

Daniel necesita a alguien que comprenda el mundo en el que vive. Su situación matrimonial no será un obstáculo permanente.

Daniel leyó la frase varias veces.

—¿Qué quiso decir con eso?

Olivia respiró lentamente.

—Le pregunté lo mismo.

—¿Y qué contestó?

—Que usted y Julia tenían problemas. Que su matrimonio estaba prácticamente terminado y que pronto habría cambios importantes.

Daniel apretó los puños.

—Eso es mentira.

—Ahora lo sé.

—¿Cuándo le dijo eso?

—El 21 de febrero.

La fecha golpeó a Daniel como una revelación.

Había sido el mes en que Julia comenzó a sospechar de los pagos de Briar.

Pero su matrimonio no estaba en crisis.

Habían celebrado su aniversario con una escapada de dos días a Vermont.

Habían hablado de tener otro hijo.

Rose todavía dormía entre ellos algunas noches, y Julia solía bromear diciendo que necesitarían una cama más grande antes de pensar en ampliar la familia.

Margaret había inventado una ruptura.

Había descrito como inevitable algo que nadie, excepto ella, deseaba.

—¿Por qué me cuenta esto ahora? —preguntó Daniel.

Olivia apartó la mirada.

—Porque después del accidente recibí una llamada de su madre.

Daniel dejó de respirar durante un segundo.

—¿Cuándo?

—El domingo. Menos de veinticuatro horas después.

—¿Qué le dijo?

Olivia tragó saliva.

—Me dijo que estaba atravesando una tragedia familiar. Que su hijo necesitaría apoyo. Y que quizá pronto sería un buen momento para que nos conociéramos.

Daniel sintió náuseas.

Miró a través del cristal de la cafetería.

Un hombre paseaba a un perro por la acera. Dos mujeres reían frente a una tienda. Un repartidor descargaba cajas.

El mundo parecía no comprender la monstruosidad de lo que acababa de escuchar.

—Mi esposa estaba inconsciente —dijo con voz ronca.

Olivia asintió.

—Lo sé.

—Mi hija acababa de sobrevivir a un accidente.

—Lo sé.

Daniel cerró los ojos.

Durante días había buscado una explicación que le permitiera seguir reconociendo a su madre.

Pero aquella información arrancaba una capa más de las ilusiones que había conservado desde la infancia.

Olivia no había terminado.

—Existe otra razón para aquella insistencia.

Daniel volvió la mirada hacia ella.

—¿Cuál?

—Su madre quiere que Beaumont Capital refinancie una parte importante de la deuda de Hale Properties.

—Eso ya lo sé.

—No sabe todo.

Sacó un segundo documento.

Era un borrador de propuesta financiera.

No contenía ninguna referencia matrimonial. El vínculo entre ambas familias nunca había sido presentado como una condición contractual.

Pero sí incluía obligaciones que Daniel no recordaba haber autorizado.

Una nueva línea de crédito de doce millones de dólares.

Garantías sobre determinadas participaciones de la sociedad.

Y un acuerdo que podía conceder a Beaumont Capital derechos de supervisión reforzados si Hale Properties incumplía sus compromisos financieros.

—Mi padre está interesado en la operación —explicó Olivia—, pero estas condiciones no han sido aprobadas. Yo me opuse a la valoración utilizada para justificar el préstamo.

Daniel examinó los números.

—¿Quién preparó las proyecciones de ingresos?

—El equipo financiero de su empresa, bajo instrucciones de Margaret.

—Estas cifras son demasiado optimistas.

—Eso fue lo que señalé.

Daniel leyó una anotación.

En una partida denominada Servicios de reestructuración aparecía Briar Advisory Group.

Su estómago se contrajo.

—¿Por qué está aquí esta empresa?

Olivia lo miró.

—Esperaba que usted pudiera explicármelo.

Daniel negó lentamente.

—¿Mi madre sabe que me está enseñando esto?

—No.

—Su padre podría despedirla.

—Por eso le pido que no distribuya estos documentos sin asesoramiento legal. Vine porque necesitaba advertirle de lo que conocía. No puedo entregarle información confidencial de la empresa sin seguir los procedimientos correspondientes.

Daniel la observó de otra manera.

—¿Por qué se arriesga?

Olivia guardó silencio unos segundos.

—Mi madre murió cuando yo tenía diecisiete años. Recuerdo cómo se sentía escuchar a los adultos hablar de nuestro futuro como si nosotros no estuviéramos presentes.

Miró sus manos.

—Cuando Margaret comenzó a hablar de usted como de una oportunidad empresarial, sentí que estaba intentando convertirnos en piezas de una negociación.

—Y usted no quiso participar.

—No.

—Entonces ¿por qué no me escribió antes?

La pregunta dolió más de lo que Daniel pretendía.

Olivia no intentó esquivarla.

—Porque fui cobarde. Pensé que bastaba con rechazar las invitaciones. Creí que se trataba de una mujer entrometida, no de algo peligroso.

Daniel bajó la mirada.

—Yo también pensé que bastaba con ignorar ciertas cosas.

Permanecieron en silencio.

Después Olivia añadió:

—Hay algo que no puedo explicar.

—Dígame.

—El jueves anterior al accidente, Margaret volvió a llamarme. Me aseguró que su situación familiar cambiaría muy pronto.

Daniel sintió que el ruido de la cafetería desaparecía.

—¿El jueves?

—Sí.

—Dos días antes del accidente.

Olivia asintió.

Daniel miró los papeles extendidos sobre la mesa.

La posibilidad que había intentado rechazar adquiría una forma terrible.

Quizá su madre no había aprovechado una tragedia inesperada.

Quizá la había anticipado porque sabía que iba a provocarla.

Margaret recibió la visita de Harold Price aquella misma tarde.

Él insistió en entrar por una puerta lateral del despacho.

Era un hombre de cincuenta y cinco años, corpulento, de rostro cansado y manos que no conseguían quedarse quietas.

—No deberías haberme llamado —dijo apenas cruzó la puerta.

Margaret cerró.

—Tú también estás implicado en todo esto.

Harold soltó una risa nerviosa.

—¿En qué, exactamente?

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

—Conozco nuestros contratos. No sé nada sobre ningún accidente.

Margaret lo miró con desprecio.

—Baja la voz.

Harold se acercó al escritorio.

—La policía ha solicitado los registros de mantenimiento. Quieren información sobre el sistema de cámaras y los accesos administrativos. Mi nombre aparece en varios documentos.

—Entonces tendrás que contestar sus preguntas.

—No quiero terminar pagando por tus decisiones.

Margaret se levantó.

—Has cobrado suficiente dinero durante años como para no hacerte el inocente.

Harold palideció.

—Eso no significa que aceptara participar en un crimen violento.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Margaret entrecerró los ojos.

—Ten cuidado con lo que dices.

Harold tragó saliva.

—Los pagos de Briar eran una cosa. Lo que ocurrió con Julia y la niña es otra.

—Briar recibió dinero por servicios legítimos.

—No todos.

Margaret se acercó.

—Recuerda quién te ayudó cuando tus negocios estaban a punto de quebrar.

—Y tú recuerda quién conserva los registros de las transferencias.

Margaret se quedó inmóvil.

Harold comprendió que había cruzado una frontera peligrosa.

Retrocedió.

—No quiero amenazas, Margaret. Quiero que esto termine.

—Ya no depende únicamente de nosotros.

—Entonces contrata a un abogado penalista. Yo voy a contratar al mío.

Harold salió.

Margaret permaneció en el despacho durante varios minutos.

Aquello era lo que más detestaba: perder el control sobre personas cuya lealtad había comprado.

Había construido buena parte de su poder mediante favores, deudas y secretos compartidos.

Pero el miedo hacía que la gente se volviera impredecible.

Y Harold tenía miedo.

Al anochecer, Daniel visitó a Julia.

Ella descansaba semisentada, con una manta sobre las piernas.

Había conseguido comer unas cucharadas de sopa y los médicos estaban satisfechos con su recuperación inicial.

Daniel se sentó junto a la cama.

—He descubierto algo sobre mi madre.

Julia lo miró.

—¿Qué cosa?

Él tardó en comenzar.

No quería trasladarle una nueva carga emocional cuando apenas podía sostener una conversación larga.

Pero ella conocía demasiado bien su expresión.

—Daniel, no vuelvas a decidir por mí lo que debo saber.

Él bajó la cabeza.

—Tienes razón.

Le contó lo de Olivia.

La invitación.

Las conversaciones de febrero.

La llamada del domingo.

Mientras hablaba, vio cómo el rostro de Julia perdía color.

Cuando terminó, ella permaneció en silencio.

—Pensó que yo iba a desaparecer —dijo finalmente.

Daniel no supo qué contestar.

Julia contempló sus manos.

—Hace unos meses me dijo algo.

—¿Qué?

—Estábamos tomando café en su salón. Rose había salido con Beatrice. Tu madre comenzó a hablar de los matrimonios de nuestra generación.

Daniel esperó.

—Dijo que las mujeres jóvenes confundíamos el amor con el derecho a cambiar a los hombres. Que tu padre había cometido muchos errores, pero que al menos había entendido que la familia Hale debía permanecer por encima de cualquier esposa.

Julia tragó saliva.

—Le respondí que Rose y yo también éramos tu familia.

—¿Y qué dijo?

Julia cerró los ojos.

—Que algunas personas podían entrar en una familia, pero eso no significaba que tuvieran derecho a quedarse.

Daniel sintió vergüenza.

—¿Por qué no me lo contaste?

Julia lo miró directamente.

—Porque te lo conté.

Él se quedó inmóvil.

—La misma noche. Después de cenar.

Daniel buscó el recuerdo.

Una conversación en la cocina.

Julia irritada.

Él revisando correos electrónicos.

Su respuesta había sido algo parecido a:

Ya sabes cómo es mamá. No dejes que te afecte.

Recordarlo le produjo un dolor físico.

—Lo siento —susurró.

Julia apartó la mirada.

—Durante años pensé que el problema era que tu madre no me aceptaba. Después comprendí que el problema era que tú aceptabas que me tratara de esa manera.

Daniel recibió aquellas palabras sin defenderse.

No había defensa posible.

—Tienes razón.

—No necesito que me des la razón para terminar esta conversación.

Él respiró profundamente.

—Entonces ¿qué necesitas?

Julia volvió la cabeza.

—Que protejas a nuestra hija. Incluso si eso significa reconocer algo terrible sobre tu madre.

Daniel tomó su mano.

—Lo haré.

Julia observó sus ojos.

—No puedes prometerlo solamente porque estoy en un hospital.

—Lo sé.

—Tienes que hacerlo cuando ella llore, cuando te recuerde todo lo que sacrificó por ti, cuando intente convencerte de que le debes tu vida.

Daniel cerró los ojos.

Su madre había utilizado esas palabras innumerables veces.

Después de todo lo que hice por ti.

Nadie te querrá como yo.

Algún día comprenderás que solo intento protegerte.

De pronto comprendió que aquellas frases no siempre habían sido expresiones de amor.

A veces habían sido una manera de cobrar una deuda que nunca había aceptado contraer.

El lunes siguiente, diez días después del accidente, Isabel Reyes visitó a Daniel con una nueva información.

Habían obtenido, mediante los procedimientos correspondientes, documentación de la Fundación Hale y de algunos proveedores vinculados a Briar.

Entre los archivos aparecía una comunicación fechada el miércoles anterior al accidente.

Julia había solicitado formalmente al comité de auditoría una revisión independiente de determinados pagos.

El mensaje estaba dirigido a dos miembros del comité y al secretario administrativo de la fundación.

Uno de ellos había reenviado la comunicación a Margaret el jueves por la mañana.

Isabel colocó la copia frente a Daniel.

—¿Su madre sabía que Julia había presentado esta solicitud?

Daniel leyó el documento.

Margaret no solo sabía que su nuera sospechaba.

Sabía que había iniciado un procedimiento formal que podía producir una investigación externa.

—Sí —respondió lentamente—. Parece que lo sabía.

—¿Julia le había comentado sus preocupaciones directamente?

—Varias veces.

—¿Cuál fue la reacción?

Daniel recordó discusiones en cenas familiares.

Los comentarios de Margaret sobre la supuesta ambición de Julia.

Su insistencia en que las esposas no debían intervenir en asuntos patrimoniales.

—Se enfadaba —dijo.

Isabel aguardó.

—Mucho.

La investigadora recogió los documentos.

—Esto no demuestra quién alteró el vehículo, pero ayuda a comprender el contexto.

Daniel permaneció sentado después de que ella se marchara.

Había algo que no podía quitarse de la cabeza.

Su madre había recibido el aviso del comité el jueves.

Ese mismo día había hablado con Olivia sobre un cambio inminente en la situación familiar de Daniel.

Y el sábado había insistido en que Julia y Rose salieran cuanto antes.

El accidente ya no parecía un acontecimiento aislado.

Parecía la consecuencia de una cuenta regresiva.

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Esa noche, mientras observaba dormir a Rose, Daniel comprendió que llevaba toda su vida tratando de proteger la imagen de su madre.

Y que, por hacerlo, quizá había dejado indefensas a las dos personas que más amaba.

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