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PARTE 2:

Margaret miró fijamente a Ethan.

—¿Qué quieres decir con que sabes dónde está?

Ethan respiró hondo.

Tres semanas antes, una ambulancia había llevado al hospital a un hombre sin hogar.

No tenía documentos.

Ni cartera.

Ni familiares que pudieran identificarlo.

Y, lo más preocupante, no recordaba absolutamente nada.

Lo habían encontrado inconsciente bajo un puente de la autopista después de una fuerte tormenta.

Los médicos diagnosticaron una amnesia severa provocada por un traumatismo craneal.

Desde entonces, en el hospital todos lo conocían simplemente como John Doe.

Pero ahora, al observar la fotografía que temblaba entre las manos de Margaret, Ethan ya no podía ignorar el parecido.

Los mismos ojos.

La misma sonrisa.

Y la misma cicatriz sobre la ceja.

Las manos de Margaret comenzaron a temblar con fuerza.

—Llévame con él.

A la mañana siguiente, Ethan empujó la silla de ruedas de Margaret por el ala de rehabilitación del hospital.

Habitación 214.

Ethan respiró profundamente antes de abrir la puerta.

Dentro, un hombre permanecía sentado junto a la ventana.

Tenía cuarenta años.

El rostro marcado por el tiempo.

Demasiado delgado.

Y una mirada completamente perdida.

Al escuchar la puerta, giró lentamente la cabeza.

Margaret quedó inmóvil.

Las manos se le escaparon de los aros de la silla.

—Daniel...

Los ojos del hombre se abrieron lentamente.

Algo cambió en su expresión.

Primero confusión.

Después dolor.

Y finalmente...

Reconocimiento.

Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.

Durante un largo instante nadie dijo una sola palabra.

Entonces Margaret susurró las mismas palabras que había repetido todas las noches durante veintiún años.

—Vuelve a casa, hijo.

Daniel llevó ambas manos a la cabeza.

Fragmentos de recuerdos comenzaron a estallar dentro de su mente.

Su bicicleta.

La risa de su madre.

El pequeño restaurante donde solían desayunar los domingos.

Una noche de lluvia.

Un camión acercándose a toda velocidad.

Después...

Oscuridad.

Respiró con dificultad.

Más recuerdos regresaban sin detenerse.

Recordó el accidente.

Despertar en un hospital sin saber quién era.

Escapar creyendo que nadie lo esperaba.

Años sobreviviendo en la calle mientras su memoria desaparecía poco a poco.

Y, de repente...

Todo volvió.

Daniel cayó de rodillas.

Las lágrimas brotaban sin control.

—Mamá...

Margaret rompió a llorar.

Intentó levantarse de la silla.

Ethan corrió para ayudarla.

Pero Daniel ya estaba abrazándola.

Madre e hijo permanecieron abrazados durante largos minutos.

Veintiún años de ausencia parecían desaparecer en aquel único instante.

Incluso las enfermeras lloraban en silencio.

No había una sola persona en aquella habitación que pudiera contener las lágrimas.

Ethan observó la escena durante unos segundos.

Después sonrió.

En silencio.

Y salió lentamente de la habitación.

Creía que, por fin, había cumplido la promesa que se hizo cuando era un niño hambriento sentado frente a un plato de sopa.

Pero todavía no imaginaba que aquella historia...

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Estaba a punto de hacerse mucho más grande.

Continuará...

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