Capítulo 4 — El cristal hecho añicos

Capítulo 4 — El cristal hecho añicos
Las puertas de hierro de la mansión Villaseñor se abrieron con un fuerte gemido de protesta a las 2:15 de la tarde.
Una lujosa camioneta SUV negra permanecía encendida sobre el camino de grava, con las luces de emergencia parpadeando rítmicamente. Dos encargados del servicio cargaban pesadas maletas de cuero Louis Vuitton en el maletero mientras Paulina Robles permanecía de pie en los escalones de la entrada, con el rostro convertido en una máscara de veneno puro y absoluto.
Llevaba unas enormes gafas de sol oscuras para ocultar sus ojos rojos e hinchados, pero la furia que irradiaba de cada uno de sus movimientos era imposible de ignorar.
Diego estaba junto a la puerta, observando su partida con el rostro tallado en granito. No le había ofrecido una sola palabra de disculpa ni había intentado llegar a un acuerdo. Cuando Paulina le había gritado arriba, amenazándolo con destruir su reputación, él simplemente le había entregado un cheque certificado por cinco millones de pesos —la compensación por la ruptura del compromiso— y había señalado la puerta.
—¡Estás cometiendo el mayor error de tu vida, Diego! —escupió Paulina mientras pasaba junto a él rumbo al vehículo, haciendo resonar furiosamente sus tacones contra la piedra—. ¡Estás cambiando una dinastía por una criada de cocina y una hija ilegítima! ¡Cuando el consejo se entere, cuando las columnas sociales descubran el escándalo, te harán pedazos!
—Dile al consejo que por fin estoy aprendiendo a administrar mis propios bienes —respondió Diego con frialdad.
Con un grito de frustración, Paulina abrió de golpe la puerta de la SUV, se lanzó al interior y la cerró con tanta fuerza que todo el vehículo se estremeció sobre su suspensión. El conductor no perdió tiempo. Pisó el acelerador y salió disparado por el camino, dejando una nube de polvo blanco que comenzó a asentarse sobre los impecables jardines de Las Lomas.
Diego observó hasta que las luces traseras desaparecieron detrás de la curva del camino privado.
Entonces exhaló. Fue una respiración larga y temblorosa, como si estuviera expulsando décadas enteras de aire tóxico de sus pulmones.
Se volvió hacia el interior de la mansión. El enorme vestíbulo volvía a estar en silencio, pero por primera vez en cuatro años no parecía frío.
Parecía un hogar esperando ser construido.
En la cocina, Marisol estaba sentada frente a la mesa de preparación de madera. Había preparado una cafetera nueva, aunque su taza permanecía intacta entre sus manos. Valentina ya estaba despierta. Sentada sobre la encimera, balanceaba sus pequeñas piernas cubiertas por los calcetines con patitos mientras coloreaba alegremente con una crayola morada el reverso de una vieja factura de servicio de catering.
Diego entró en la cocina con pasos tranquilos.
Marisol levantó la mirada y sintió que su corazón daba un pequeño salto cuando él se acercó. Diego no se sentó frente a ella. En cambio, acercó un taburete de madera y se sentó justo a su lado, tan cerca que sus hombros llegaron a rozarse.
—¿Se fue? —preguntó Marisol suavemente.
—Se fue —confirmó Diego—. Y el equipo de relaciones públicas ya está informado. Cualquier rumor que llegue a la prensa será enfrentado de inmediato con medidas legales. Para el público, simplemente nos distanciamos debido a “diferencias irreconciliables”. No habrá ninguna mención de ti. Ni de Valentina.
Marisol asintió lentamente y bajó la mirada hacia su taza de café.
—¿Y qué hay de nosotros, Diego? ¿Qué pasa ahora? Sigo siendo tu empleada. Mi delantal todavía está sucio.
Diego extendió la mano sobre la mesa. Su palma cálida y firme cubrió los dedos temblorosos de Marisol. Con delicadeza, apartó su mano de la taza de cerámica y entrelazó sus dedos con los de ella.
—Tu trabajo como criada terminó hace unos diez minutos, Marisol —dijo Diego.
Una sonrisa genuina y luminosa apareció finalmente en su rostro. Era la primera sonrisa verdadera que había mostrado en una década.
—A partir de este momento, tu nuevo trabajo consiste en aprender a ser la señora de esta casa. Claro, si alguna vez encuentras en tu corazón la capacidad de perdonar a un idiota que tardó cuatro años en encontrar lo que siempre estuvo justo frente a sus ojos.
Marisol lo miró fijamente. El peso de los últimos cuatro años comenzó a desvanecerse, reemplazado por una extraña y vertiginosa sensación de ligereza.
Miró hacia Valentina, que levantaba orgullosa su dibujo de un gato morado completamente torcido, con una sonrisa llena de alegría inocente.
—Bueno —respondió Marisol, con una pequeña sonrisa juguetona mientras apretaba la mano de Diego—. La cocina está hecha un desastre y los pisos del ala este no se han pulido correctamente en semanas. Supongo que puedo quedarme... si el sueldo es bueno.
Diego soltó una carcajada. Una risa profunda y poderosa que resonó contra las paredes de azulejos blancos y llenó de calidez la cocina de techo alto.
La acercó hacia él y depositó un beso tierno y prolongado sobre su frente. Luego se inclinó y levantó a Valentina entre sus brazos.
La pequeña soltó una risita, dejó caer su crayola morada y rodeó el cuello de su padre con sus diminutos brazos. El botón dorado seguía firmemente apretado dentro de su pequeña mano.
La casa de Las Lomas de Chapultepec ya no era un museo frío de piedra y cristal.
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Estaba viva.
Y por primera vez en su vida, Diego Villaseñor supo que finalmente estaba en casa.
