Capítulo 2: El Dibujo que Nunca Debía Existir

Capítulo 2: El Dibujo que Nunca Debía Existir
Richard permaneció inmóvil durante varios segundos después de que Ethan desapareciera por el pasillo.
No fue el llanto de su hijo lo que lo dejó paralizado.
Fue aquella frase.
"Ella los tira a la basura."
Era demasiado sencilla para haber sido inventada.
Demasiado espontánea.
Durante los últimos dos años había aprendido a confiar en Claudia cuando se trataba de Ethan. Ella aseguraba conocer mejor las necesidades del niño porque pasaba todo el día con él. Richard apenas estaba en casa. Reuniones, viajes, inversores, adquisiciones... Siempre había una emergencia que resolver.
Y cada vez que preguntaba por Ethan, Claudia respondía exactamente igual.
"Hoy estuvo más tranquilo."
"La terapeuta dice que progresa."
"Todavía le cuesta aceptar la pérdida de su madre."
Richard había querido creerla.
Era más fácil que aceptar la posibilidad de estar fallando como padre.
Miró el pasillo por donde Ethan había salido corriendo.
Después volvió la vista hacia la puerta.
Claudia también había desaparecido.
Y, con ella, la bolsa de papel.
Sin decir una palabra, Richard caminó hacia la cocina.
Encontró a la señora Miller, el ama de llaves que llevaba casi quince años trabajando para la familia.
La mujer estaba colocando unas bandejas de fruta cuando levantó la vista.
—Buenos días, señor Walker.
Richard permaneció unos segundos observándola.
—¿Ha visto a Claudia?
La mujer dudó apenas un instante.
—Subió al segundo piso.
—¿Con una bolsa de papel?
La señora Miller volvió a detenerse.
—Sí.

Richard asintió lentamente.
—Gracias.
Subió la escalera principal.
Conocía perfectamente la distribución de la casa.
El despacho.
La biblioteca.
El dormitorio principal.
La habitación de invitados.
Y, al final del pasillo, una pequeña sala donde Claudia guardaba cajas, decoración y objetos que decía no necesitar.
Cuando llegó, la puerta estaba entreabierta.
Escuchó el sonido de papel rompiéndose.
Empujó suavemente.
Claudia estaba de espaldas.
Tenía la bolsa de Ethan abierta sobre una mesa.
El dibujo ya estaba fuera.
Lo observó apenas un segundo antes de arrugarlo con ambas manos.
Después abrió el cubo de basura.
Richard habló justo antes de que lo dejara caer.
—¿Qué haces?
Claudia se giró sobresaltada.
La hoja permanecía todavía en su mano.
—Richard...
Él se acercó lentamente.
—Dámelo.
Ella sonrió con aparente tranquilidad.
—Solo era otro dibujo triste.
—He dicho que me lo des.
Era la primera vez en mucho tiempo que utilizaba aquel tono.
Claudia dudó.
Finalmente le entregó el papel.
Richard lo abrió con cuidado.
Las marcas de los pliegues atravesaban el dibujo.
Había un arcoíris.
Tres figuras.
Una mujer con alas.
Y un pequeño corazón junto a la mano de un hombre.
En la parte inferior aparecía una frase escrita con letras infantiles.
"Feliz cumpleaños, papá. Mamá siempre te quiere."
Richard sintió un nudo en la garganta.
Recordó inmediatamente a Sarah.
Su primera esposa.
La mujer que había pintado arcoíris con Ethan durante los días de lluvia.
La mujer que siempre decía que los dibujos nunca debían corregirse porque eran la forma en que los niños hablaban cuando todavía no encontraban las palabras.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—¿Por qué ibas a tirarlo?
Claudia cruzó lentamente los brazos.
—Porque no es sano.
Richard levantó la vista.
—¿Qué?
—Ethan vive atrapado en el pasado.
Sigue dibujando a Sarah.
Sigue hablando de ella.
Nunca va a superar el duelo si todos seguimos alimentándolo.
Richard permaneció en silencio.
Ella continuó.
—La psicóloga...
—¿Cuál psicóloga?
Claudia parpadeó.
—La que...
—Dame su nombre.
La sonrisa desapareció lentamente.
—Ahora mismo no lo recuerdo.
Richard sintió algo extraño.
Muy extraño.
Él siempre recordaba nombres.
También recordaba que nunca había conocido personalmente a aquella supuesta terapeuta.
Todo había pasado mediante correos electrónicos enviados por Claudia.
Informes.
Resúmenes.
Facturas.
Nunca una reunión.
Nunca una llamada.
Nunca una videoconferencia.
Nada.
Solo documentos.
Richard sacó el teléfono.
—Voy a llamarla.
Claudia dio un paso adelante.
—No hace falta.
—¿Por qué?
Ella tardó demasiado en responder.
—Porque...
Porque hoy no trabaja.
Richard levantó lentamente la mirada.
Aquella respuesta no tenía sentido.
Marcó el número que aparecía en uno de los antiguos informes.
El teléfono respondió inmediatamente.
"El número marcado no existe."
Los dos permanecieron inmóviles.
Richard volvió a marcar.
El mismo mensaje.
Claudia tragó saliva.
—Debe haber cambiado...
Richard ya no la escuchaba.
Abrió su correo electrónico.
Buscó los informes enviados durante los últimos dieciocho meses.
Todos procedían de la misma dirección.
Pero algo llamó inmediatamente su atención.
El dominio no pertenecía a ninguna clínica.
Era una cuenta gratuita creada en internet.
Nunca lo había notado.
Porque jamás había tenido motivos para desconfiar.
Hasta ese momento.
Levantó lentamente la vista.
—¿Quién escribió esos informes?
Claudia guardó silencio.
—¿Quién?
—Richard...
—Respóndeme.
Ella respiró profundamente.
—Solo intentaba ayudarte.
—No te he preguntado eso.
El silencio se hizo insoportable.
Finalmente Claudia habló.
—Los escribí yo.
Richard sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Qué?
—Los médicos nunca tenían tiempo para responder.
Así que...
Los resumía.
Él negó lentamente.
—No.
—Solo quería facilitarte las cosas.
Richard volvió a mirar el dibujo arrugado entre sus manos.
Después recordó otra escena.
Hacía ocho meses Ethan le había regalado una tarjeta por el Día del Padre.
Nunca llegó a verla.
Claudia le dijo que el niño había olvidado prepararla.
Tres meses después desapareció una fotografía de Sarah del despacho.
Claudia explicó que Ethan la había roto durante un ataque de ira.
Ahora ya no estaba seguro de que aquello también hubiera sido verdad.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—¿Dónde está Ethan?
Claudia respondió demasiado deprisa.
—En su habitación.
Richard salió inmediatamente al pasillo.
Subió al tercer piso.
Abrió la puerta del dormitorio infantil.
Vacío.
La cama perfectamente hecha.
Los juguetes ordenados.
Demasiado ordenados.
Como si nadie jugara allí desde hacía mucho tiempo.
Volvió a bajar corriendo.
—¿Dónde está?
Claudia permanecía inmóvil.
—Richard...
—¿Dónde está mi hijo?
El ama de llaves apareció al final del pasillo.
Su rostro estaba completamente pálido.
—Señor Walker...
Los dos se giraron.
La mujer dudó unos segundos.
Después habló.
—El pequeño Ethan no está en su habitación.
Richard sintió un escalofrío.
—Ya lo sé.
La señora Miller respiró profundamente.
—Creo que sé dónde está.
Todos guardaron silencio.
La mujer bajó la voz.
—En el ático.
Richard frunció el ceño.
—¿Qué hace un niño en el ático?
El ama de llaves comenzó a llorar.
—Porque... la señora Claudia lo encierra allí cuando usted está de viaje.
El mundo de Richard dejó de existir durante un segundo.
No dijo una palabra.
Simplemente echó a correr hacia la escalera que conducía al viejo ático de la mansión.
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Mientras subía los escalones, un único pensamiento golpeaba su cabeza una y otra vez.
¿Cuántas veces había dejado solo a su hijo... creyendo que estaba protegido?