CHAPTER 3: THE HOUSE WHERE THE RAINBOW STAYED

Capítulo 3: La Habitación que Nunca Debió Existir
Richard subió los escalones del ático de dos en dos.
Cada peldaño hacía eco en el viejo pasillo de madera, pero apenas podía oírlo. Lo único que ocupaba su mente era una pregunta que lo destrozaba por dentro.
¿Cuántas veces había dejado solo a Ethan creyendo que estaba protegido?
Llegó a la última puerta de la casa.
Nunca le había prestado atención.
Recordaba que Claudia decía que allí solo guardaban muebles antiguos y cajas de decoración.
Empujó el picaporte.
No se abrió.
Estaba cerrada.
Richard golpeó con fuerza.
—¡Ethan!
Silencio.
Volvió a golpear.
—¡Ethan! ¡Soy papá!
Nada.
Entonces escuchó un sonido.
Muy débil.
Un pequeño sollozo.
Richard retrocedió un paso y lanzó todo el peso de su cuerpo contra la puerta.
La madera crujió.
No cedió.
Volvió a hacerlo.
Una segunda vez.
Una tercera.
La cerradura saltó finalmente y la puerta se abrió de golpe.
El aire del interior estaba frío.
Olía a polvo y humedad.
La habitación apenas tenía una pequeña ventana cubierta por gruesas cortinas. En una esquina había un colchón viejo sobre el suelo. Un cubo con agua. Algunos juguetes rotos. Una manta desgastada.
Y sentado contra la pared...
Estaba Ethan.
Abrazaba las rodillas contra el pecho.
Cuando vio entrar a Richard, ni siquiera se levantó.
Solo lo miró.
Como si no estuviera seguro de que aquello fuera real.
Richard sintió que el corazón se le rompía.
—Ethan...
Se arrodilló inmediatamente frente a él.
—Dios mío...
El niño parpadeó varias veces.
—¿Papá?
Su voz era apenas un susurro.
Richard lo abrazó con fuerza.
Ethan permaneció inmóvil durante unos segundos.
Después comenzó a llorar.
No era un llanto fuerte.
Era el llanto contenido de un niño que había esperado demasiado tiempo a que alguien fuera a buscarlo.
Richard sintió el pequeño cuerpo temblando entre sus brazos.
—Lo siento...
Las palabras salieron solas.
—Lo siento tanto...
Ethan apoyó lentamente la cabeza sobre el hombro de su padre.
—Pensé...
Hizo una pausa.
—Pensé que hoy tampoco vendrías.
Richard cerró los ojos.
Aquella frase dolía más que cualquier acusación.
—¿Cuánto tiempo has estado aquí?
Ethan bajó la mirada.
No respondió.
Richard volvió a preguntar con suavidad.
—¿Cuántas veces?
El niño comenzó a contar con los dedos.
Después dejó de hacerlo.
—Muchas.
Richard sintió que le faltaba el aire.
Observó alrededor de la habitación.
En las paredes había pequeños dibujos hechos con lápiz.
Todos representaban la misma escena.
Una puerta cerrada.
Un niño sentado solo.
Y una mujer con alas observándolo desde una nube.
Sarah.
Richard caminó lentamente hasta uno de los dibujos.
Reconoció inmediatamente la letra de Ethan.
"Mamá, hoy tampoco vino."
Otro decía:
"Creo que papá trabaja mucho."
Otro:
"Hoy fue mi cumpleaños."
Richard ya no podía contener las lágrimas.
Regresó junto a Ethan.
—¿Quién te encerraba aquí?
El niño bajó la cabeza.
No hacía falta responder.
Richard ya conocía la respuesta.
—¿Cada vez que yo viajaba?
Ethan asintió muy despacio.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que volvías.
Richard sintió que el mundo desaparecía.
Todos aquellos viajes.
Todas aquellas reuniones.
Mientras él negociaba contratos en otros países...
Su hijo permanecía encerrado en aquella habitación.
Entonces vio algo más.
Una pequeña caja escondida bajo el colchón.
La abrió.
Dentro había decenas de dibujos cuidadosamente doblados.
Todos iguales.
Todos dedicados a él.
Cumpleaños.
Navidad.
Día del Padre.
Pequeñas cartas escritas con ortografía infantil.
Ninguna había llegado a sus manos.
Richard abrió la primera.
"Papá, hice este dibujo para cuando vuelvas."
La segunda.
"Hoy gané una estrella en la escuela. Quería enseñártela."
La tercera.
"Claudia dijo que estabas muy ocupado para verme."
La cuarta.
"Mamá dice en mis sueños que tú sí me quieres."
Richard dejó caer lentamente las hojas.
Sus manos temblaban.
No sabía cuánto tiempo permaneció allí abrazando a Ethan.
Quizá fueron minutos.
Quizá una eternidad.
Hasta que escuchó pasos detrás de él.
Claudia.
Permanecía en la puerta.
Su rostro ya no mostraba dulzura.
Solo irritación.
—Richard...
Él no respondió.
Seguía abrazando a Ethan.
—Estás exagerando.
Richard levantó lentamente la vista.
Nunca la había mirado de aquella manera.
—¿Exagerando?
Claudia respiró profundamente.
—Solo necesitaba disciplina.
Richard se puso de pie muy despacio.
Con Ethan todavía tomado de la mano.
—¿Disciplina?
—Los niños difíciles necesitan límites.
Richard dio un paso hacia ella.
—¿Encerrarlo?
Claudia cruzó los brazos.
—Nunca estuvo en peligro.
Solo necesitaba aprender a obedecer.
Richard la observó en silencio.
Entonces ocurrió algo que Claudia jamás había esperado.
El ama de llaves apareció detrás de ella.
No estaba sola.
También habían llegado el jardinero.
El chófer.
La cocinera.
Todos los empleados de la mansión.
Nadie hablaba.
Pero ninguno apartaba la mirada.
La señora Miller respiró profundamente.
—Señor Walker...
Richard giró la cabeza.
La mujer tenía lágrimas en los ojos.
—Tenemos que decirle toda la verdad.
Claudia palideció.
—No tienen nada que decir.
Pero el chófer dio un paso al frente.
—Yo llevé al pequeño Ethan a la escuela muchas veces con moretones en los brazos.
La cocinera habló después.
—Más de una vez tuve que esconder comida porque el niño decía que llevaba todo el día sin cenar.
El jardinero bajó la cabeza.
—Yo escuchaba cuando lloraba desde el ático.
Richard sintió un escalofrío.
Todos lo sabían.
Todos.
Y nadie había podido hablar.
Hasta ese momento.
La señora Miller sacó lentamente un sobre de su delantal.
—Llevo dos años guardando esto.
Richard lo tomó.
Dentro había fotografías.
Decenas.
Fechadas.
En ellas aparecía Ethan encerrado en aquella habitación.
Sentado solo.
Dormido sobre el suelo.
Llorando junto a la puerta.
Richard dejó de respirar.
—¿Quién tomó estas fotos?
La ama de llaves respondió con voz rota.
—Yo.
Richard levantó lentamente la vista.
Ella comenzó a llorar.
—Las hice porque sabía que algún día usted tendría que conocer la verdad.
Claudia retrocedió un paso.
Por primera vez parecía realmente asustada.
Richard guardó las fotografías.
Después tomó nuevamente la mano de Ethan.
Su voz era completamente distinta.
Fría.
Firme.
—Claudia Walker...
Ella apenas podía sostenerle la mirada.
—Acabas de perder esta casa.
Hizo una breve pausa.
—Y todo lo demás.
Pero antes de que pudiera llamar a la policía, sonó el teléfono de Richard.
Era el director financiero de Walker Holdings.
Richard respondió sin apartar la vista de Claudia.

Solo escuchó unos segundos.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué acabas de decir?
Silencio.
Todos esperaban.
Richard bajó lentamente el teléfono.
Miró a Claudia.
—No solo has estado maltratando a mi hijo...
Su voz era apenas un susurro.
—Acaban de descubrir que alguien ha robado casi treinta millones de dólares de la empresa usando mi firma.
El color desapareció por completo del rostro de Claudia.
Y Richard comprendió que el verdadero horror de aquella mañana...
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Apenas acababa de empezar.
.